
Hay quienes estamos atentos a las sutiles señales que la vida nos ofrece.
No siempre se pueden captar, por lo menos a la primera. A veces incluso ni nos damos cuenta del guiño que la existencia nos da en un momento dado, por estar absortos en otras materias que ocupan todos nuestros sentidos.
Pero... si estamos atentos, si poco a poco vamos desarrollando nuestra capacidad de percibir lo etéreo, lo intangible... tarde o temprano nuestros canales empezarán a recibir información no apreciable para muchos de los mortales.
Es un tesoro cada uno de esos instantes. Un momento único, cuando sentimos que algo mágico, que proviene de otro mundo, nos toca con sus alas el corazón. La emoción te embarga de tal manera, que sientes como una gran energía recorre tu cuerpo y los ojos se llenan de lágrimas por tan tremenda sensación.
Quienes hemos vivido este tipo de experiencias, sabemos que es todo un lujo el poder experimentarlas. Y, evidentemente, no hay rosas sin espinas, ya que también nuestra sensibilidad se agudiza y se sufre, con detalles, para muchos imperceptibles.
Y es que, en ocasiones, los detalles dicen tanto...
Las señales se reparten por doquier. En el trabajo, en el tren, en la calle, en un banco del parque, en una cafetería, en fin, en cualquier lugar.
Son encuentros con almas, mensajes subliminales, premoniciones, flashes, casualidades, sincronías, telepatía, etc.
Son... los códigos secretos que solo las personas sensibles podemos leer.
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